Un día rumbo a Talpa:
Primer día, dos horas y media de autobús y luego a la brecha para llegar a Lagunillas, pasas los pitayos ralos casi sin fruto, a veces el polvo te dice ¡échate esta! Las luces de las casitas y un pequeño Kiosco en Jayamitla y el polvo como queriendo opacar el brillo de la luna creciente a punto de llegar a su máximo brillo y esplendor de siglos, la desvelada hace que el cuerpo no halle el punto perfecto para el descanso. La lentitud del camión por la brecha intransitable irrita hasta los perros que deciden ladrarnos al paso. Una hora veinte minutos de brecha y tu nariz no tolera más el polvo, al fin, ya se ven las lucecitas de Lagunillas. Te estiras, buscas tus cosas, la bolsa guardada hace un año con tus zapatos y calcetines, te acuerdas que se te olvido el ánfora de aluminio. Desperezándote bajas del autobús y de golpe, sientes el frío de la primera semana de abril. De inmediato volteas al cielo, con su espectáculo único cuajado de estrellas muy cercanas. Varios de los que se bajan de autobús finalmente deciden no caminar el Obispo. Te acomodas los calcetines (puestos al revés) de siempre y los zapatos Hous Puppies que de seguro no te harán ampollas. Te pones a rezar al tiempo que preparas tu estómago, te concentras, agarras el máximo de aire, no ingieres nada dejando todo a que tu cuerpo responda al 100% y te colocas el sombrero, el paliacate, el gatorade y tomas tu lamparita, esa que ilumina el camino que Dios te ha designado. Y en cuanto distingues el camino serpeante rumbo a la cima sabes que llegó la hora. Dicen los chetos de Ameca que desde arriba del cerro del Obispo se ve el mar.
Y ahí vas, siguiendo a la luna casi llena en la madrugada, te percatas que el astro camina aprisa y que se inclina y poco a poco ira provocando el amanecer. Los ruidos son únicos: el pants tipo colegio Cervantes truena, tus pasos sin querer hacen ruido, una lechuza, los ojos de un burro amarrado cerca de una palapa y los infaltables perros, unos nos ladran porque según ellos invadimos su espacio, otros no. Y ahí vas con tu lamparita aquella que provoca los recuerdos, esa lamparita que usaban en los templos para iluminar el Santísimo. Y hoy al subir al autobús subí agachado, contrito, no quise voltear a ver los asientos porque de seguro me daría cuenta que mi padre no viaja con nosotros, pero traigo su foto en el pecho y eso me fortalece.
Pronto siento los estragos, mi cuerpo se deshidrata, el sudor me baña, llevo una altura alcanzada como de trescientos metros. La debilidad de mis pasos me dicen ¡Mejor regrésate, no vas aguantar las cuatro horas de camino! El ácido láctico no me ha molestado como otras veces, será que mi cuerpo se va acostumbrando, o será la tecnología de punta.
Pero tu espíritu y el saber que al llegar hay tacos y gorditas con café te impulsan. La luna acelera su paso hacia el ocaso y el sol amenaza con acabar con la obscuridad. Todo se reduce a que tú debilitado cuerpo obedezca, pero ya no funciona al 100%, y te vas administrando, volteas a ver el final y lo mismo, ¡Ya mero llegamos! Y caminas y caminas y parece que no se acabará nunca, es poco el tiempo que disfrutas estar subiendo y dices lo que queda es como subir la barranca y ¡zas, zas y zas! Y nada, todo igual, entre más subes menos señales de vida, te paras y volteas a ver las luces de Ameca, de Puerta de la Vega y el valle de Ameca que parece acabar con tu vista. La altura conseguida ya es considerable, pero ahora vamos paso a paso como en fila india.
Para un esfuerzo demandante tu mentalidad debe estar a tope, y la mía es desbordante, ingente.
¡Y tus fuerzas! Y tu deseo de casi un mes de estar subiendo el Obispo, y tus anhelos de romper tu propio récord y tus recomendaciones para acabar con el colesterol y el ácido úrico, y tus gestos y caprichos por sobreponerte a esta pequeña adversidad de subir a los 2800 metros que tiene el Obispo, y tu orgullo quién te lo quita. Son como tus señas de identidad, tu cultura, lo que aprendiste o alguien te enseñó. Y como puedes pero vas moviendo tus pies aunque ya para llegar no veas más que un pico y una lucecita en el puerto donde indica que ya llegaste. ¡Ay Dios dirá como le haces para bajar, lo importante es llegar a la cima y coronar tu esfuerzo! Tu mejor esfuerzo, como siempre como peregrino ejemplar. Hay muchos motivos para estar aquí, convivir con mis hermanos, ir al mar, dormir en el suelo (una delicia necesaria, aunque te canse) y disfrutar a mi familia y los amigos. (no sé porqué esta ves me dio por escribir, jamás lo pensé y en el trayecto no tomé ninguna nota) en fin, esa sensación de congratulación me invade, y hasta parece que aprieto el paso, pues sin sentirlo estoy arriba, sacó el celular y leo una hora con cincuenta y ocho. Tomamos una foto, otra cerveza y pido al señor de la carpa alcohol para curarme la herida de la mano (pues me caí y la rodilla y la mano tienen sangre) y vas para abajo. Mientras ellos se van pegados al vallado, para no perderse, yo sigo el camino de las camionetas que suben agua y víveres, veo como la luna empieza a marcar con precisión los tiempos, mis piernas comienzan a responder maravillosamente, mis músculos oxigenados no le piden nada a nadie, se me antoja tomarme una foto tocando la luna pero no hay nadie, voy solo. Cuando distingo ese monumento sin sentido que parece resbaladero, solo oigo las voces de César, Omar, Danny y Obdulia pero están como 700 metros atrás. Casi termino de bajar, ya escucho el ruido de autobuses y camionetas. Un vocinglero me llama la atención, después me daría cuenta que eran pequeños pelotones de ciclistas que aprovechando la bajada iban platicando. Cada romero trae su propia peregrinación, con o sin sacrificio, y cada quien cumple los días santos como Dios le da a entender.
Un mundo de reflexiones en la mente, tantas como el cúmulo de estrellas al amanecer. Que sí, que si no, que si vas muy solo, que si hace frío, que vas empapado en sudor, que las lucecitas de la Estanzuela se ven engañosamente cercas, que si la rondalla cantando "estaremos sin estrellas porque tute las r..." y ahí vas, bajando, salpicando las piedras.
Y todo esto que te esta pasando no tiene que ver con nada, solo existe el paisaje, la obscuridad, tu imaginación y el frío que hace que camines para soportarlo de mejor forma. A no ser que tus hondas huellas digan otra cosa.
En eso aparece la carretera como alfombra a tus rendidos pies, como si su aterciopelada felpa fuera enviada desde el cielo para tí. Y zas, zas y zas tus pasos buscando rumbo, intentando tomar el mejor atajo, cruzas un potrero siguiendo a tres romeros que combaten con su caminar el frío, pronto los dejas y te encarrilas al rancho donde hay caballos y gallos, ahí tomas un atajo que te desvía como quinientos metros, pero el mismo camino te regresa al rumbo correcto, casi se esfuma la madrugada, el sol y la luna luchan por la supremacía, un ansía se apodera de tu estómago, el olor a tacos y gorditas hace que tus manos entumidas por el frío resistan, ya casi te ves sirviéndote un café, te haz tomado miles de tazas, pero como esta ninguna.
Los gallos cumplen con avisar sobre la inminente salida del sol, hay un momento crepuscular en que la luz de la luna llena y la del sol parecen medir fuerzas, mitad de la bóveda amarilla y la otra blancuzca. Ansías de que aparezca el río antes de cruzar la carretera que anuncia que llegaste a la Estanzuela, río y carretera son la suma exacta de tu objetivo y ese deseo con mezcla de orgullo de vencer a la adversidad, tus piernas cada vez responden menos pero el ímpetu y flor de la edad son más poderosos, ya clarea y el sol empieza su imperio de minas y vetas de oro. Tu cara refleja el rostro del muñeco de la risa, tus piernas están a punto de estallar y tu ánimo presiente que hiciste tu mejor esfuerzo, por ello sacas el celular, miras el cronómetro, tres horas cuarenta, lo apagas, no veo la cerveza que supuestamente venía imaginando con la que me recibiría mi mujer, pero llego al petate, le doy una vuelta como cualquier gato ronronero y luego me acuesto.(Por no decir caigo rendido) Aunque hoy es viernes esto me sabe a sábado de gloria. Al fin y al cabo son mis formas de pasar los días santos.
Ahora sé que quería decir José Alfredo en su canción: "Cuál de los rumbos será el mejor...".Peregrino que no canta, peregrino que jamás será escuchado. La Estanzuela, abril de 2012.
P.D. El próximo año les haré una crónica del espinazo, Dios mediante.
Juan Enrique Rodríguez B.