Talpa,
pasando por El Espinazo del Diablo
El amor a lo desconocido, el olor de las veredas
y caminos escarpados, el sudor en la frente con al afán de que el
todopoderoso perdone las ofensas de todo
el año, más el calendario religioso y las lecturas litúrgicas que obligan a
redimir culpas, que no es el mismo que el calendario civil, comienza con la ida
a Talpa, en cuanto sales del anillo periférico y se deja sentir en Guadalajara
ese airecito que anuncia la primavera. Esa misma liturgia eclesiástica acarrea
peregrinos a Talpa hasta los primeros
doce días de abril de 2013.
Es una
mañana diamantina y transparente. Uno ya no recordaba estos amaneceres, al
estar erguido me sacudo el polvo que aún contienen mis ropas y que son el
rescoldo de la jornada de ayer. Los pájaros se han acercado de manera imprudente
y se pelean por los escasas migajas que
dejaron los pasajeros de un autobús con peregrinos que ya han reiniciado su
andar.
Adopto la
decisión de poner la olla de café y a las seis con quince comienzo a servir ese
líquido a quienes lo necesitan para empezar a moverse, unos tragos los hacen
hablar, uno de ellos dice “que para despertar” y otro “que para empezar bien el
día”, yo lo tomo por costumbre, porque los mejores cafés que he tomado son al
despertar, sin mediar nada más, café y ya.
Yo arreglo
la peana del manjar y preparo mi ajuar. El espectáculo de la montaña en toda su
magnitud, su altura frente a mi, un año esperé este momento. Sin duda la cuesta
de la penitencia* pronto me entregará su parcela.
Cuando
termino mis arreglos, porte y donosura a punto, la mayoría de nuestros
compañeros ya atacan la cuesta. Demoro en guardan algunas ollas y enseres en la
cajuela del vehículo en el que venimos hasta Guayabos. En el reloj son dos para
las siete y decido irme a darles alcance a los que ya tomaron ventaja. Allá
voy, pobremente vestido con mis dos ánforas, un año antes me tocó que no había
puestos de los que uno utiliza para hidratarse.
Es cierto
que son más largos los caminos para el que va cargado demás. El sol, ese as de
la baraja, tarda en aparecer, incluso parece aletargado, acá sus rayos
tropiezan con los árboles y los huizaches. Llevo escaso un kilómetro y ya
lamento la falta de mi paliacate, ese que siempre compro en Santa Rita y esta
vez olvidé adquirirlo.
Una fila como
de hormigas trepan por las distintas veredas, unos llevan equipo, otros van
solos con las ánimas del purgatorio. Los hay que llevan su camisa con motivos,
ya sea el camino, la virgen o la palabra Talpa, no falta alguno con la leyenda
Peregrinación 2013. El colorido de
caballeros andantes incluye: adultos mayores, mujeres, hombres , jóvenes y
niños, muchos niños que ya corren el riesgo de la deshidratación.
Ahora sabes
que cada paso es un avance por la
obscuridad en busca de la aurora.De repente vas divagando, no miras nada
fijamente solo escuchas ruidos y jadeos, ves gente sudando, pujando, sufriendo,
renegando de lo escarpado del camino hasta la cima. Sin embargo la alegría que
llevamos todos por dentro nadie la puede ocultar.
Mis firmes pasos
van sorteando con fortuna las serpenteantes veredas y el polvo que produce el
andar. Mi sistema vascular que ya
conocía este tipo de esfuerzo reniega, mi mente ordena lo que las piernas con
muchísimo trabajo acatan. Voy entero, he perdido medio kilo, pues el sudor
expele por todos los poros de mi enjuto ser. Un año más y los augurios parecen
estar peleados con el motivo y la razón, aquí no es suficiente con querer, hay
que poder, y tu estado emocional es tan importante como tu estado físico. Me
repito ya falta poco, ya mero llego, un poco más y estaré cruzando el final,
llega el momento de la crisis, mis piernas, largas, sin fuerzas resisten
utilizando pasos cortitos de pausa prolongada, sigo muy apenas, me pesan mis
carnes mallugadas, el aliento extraviado en la altura, pero voy, voy, voy.
Mientras los
pecados buscan descargar en el drenaje profundo, la pinturería de la fila india
que diseñó la montaña aparece, todos se han acomodado como para la foto, el
paso es de caballo, algo así como de 9 Km. por hora. La hilera de peregrinos
vamos entrometiendo el color en la intimidad de la montaña. Entre más te
ausentas, más te acuerdas de los caminos de la vida, de esta rueda de la
fortuna en que viajamos por los rumbos de nuestro interior, de nuestra
intimidad y su belleza apabullante, como este paisaje que solo Dios sabe de su
estado. No se si todos los caminantes tengan una filosofía o solo los guie el
entusiasmo. Como si fuera una ola de viento
que murmura y nos arropa cuando pasamos debajo de los pinos. Vas a ritmo lento,
para dar paso a la terapia, el punto de llegada se aleja o acerca con la
complacencia de los reductos de energía. Pero como aceptaste estar aquí, nadie
te forzó, el sudor rompe en dos el esternón y amenaza empapar las amígdalas .¿Y
qué saca el alma de todo esto con sus pesares?
Salvo uno
que me viene siguiendo como un kilómetro, sigo acá solo, ya deje a todos atrás,
creo tronaré mi marca que era de una hora con cincuenta y cinco minutos. Como
es la quinta vez que subo, utilizo todos los recursos que mi experiencia posee.
Distingo ya el punto más alto y decido utilizar un atajo en lo más escarpado,
corto unos treinta metros, que aquí y en estas condiciones asfixiantes, son muchos. Bebo el restó de la primer ánfora
sin que la sed extrema desaparezca, rebaso a un grupo como de treinta que parece que se
estacionaron, unos por cansancio, otros como que se quedaron a mirar lo ya
caminado. Otros simplemente se pararon sin motivo aparente o son aquellos que
no llevan ninguna prisa. Acá están colgando de los pinos unas como monas de
heno que parecen brujas. Las hojas enormes truenan con nuestros pasos, esas
láminas de parota están por todas partes. Encuentro una familia que va rezando el
rosario a fin de que se les concedan gracias. Quién se supone que soy, un
bastión, un guiñapo ensartado en la punta de un huizache simulando una bandera.
En el total
desamparo siento mis fosas nasales obstruidas, en cambio percibo que la mirada
se me limpia, se me esclarece, el aire de bosque atasca mis pulmones y asienta
poco a poco mi respiración, he terminado de subir el primer paso. Este picacho
solo es la segunda peana, el siguiente y último se impone con 150 metros más de
altura. Todo camino sinuoso ofrece como recompensa la resurrección y hoy sábado
de gloria la indulgencia será doble. La montaña es el mejor consultorio que
conozco, y una forma gratis de hacerle al naturalista, todo pagado con
sacrificios, como ese olor a caballo muerto que nos persigue y nos aroma este
insano ambiente. Es aquí donde piensas en las dos gotas de agua. Porque si la
revolución de los planetas, el sol, la luna y las estrellas me trajeron hasta
aquí, espero ejerzan su influencia y mi bioritmo se acople y renueve la
maquinaria de mi cuerpo para caminar a todas las revoluciones posibles.
Las huellas
de mi andar empiezan a competir con las de miles de peregrinos. Aquí el camino
es ancho y mitiga el descenso, voy reponiéndome poco a poco del desgaste
energético. El aire es frío, los dedos de la mano se me entumen, siento que el
pulgar y el índice son uno mismo, todos, hasta el anular los percibo gruesos,
entumidos. Y ya principio con el aceleramiento, voy rebosante, creo utilicé
menos tiempo y voy en mejor forma que en mi anterior ataque a la montaña. Como
conciliar el desgaste corporal con la Semana Santa, si bien ayer obligaba el
ayuno, hoy supongo ya gané con el sudor de mi frente medio desayuno, lo demás
lo capitalizaré en indulgencias. Estos 20 minutos de esfuerzo han aligerado mi
peso muerto, creo pedí mínimo un kilo. Mis pasos reconocen el camino, ya casi
llego a la campana, deseo que los tañidos convoquen a todas las almas del
purgatorio y la virgen me cargue en el cueco de sus manos vaya dándome aliento
en el resto de la jornada.
Siempre he
disfrutado el bosque, sus entrañas, sus ruidos de canarios, sus polvorientos
caminos, sus grotescos desniveles, sus hojas secas tapizando el pavimento y
posando para la foto de un papel tapiz que se metamorfoseará y terminará
adornando una pared de mi casa. La primera vez que vine, en este trayecto mis
músculos se hacían bolas y amenazaban con acalambrarme, ahora conservo los nervios a punto y oxigenados.
Los árboles
exhiben los exvotos y las laminitas que recuerdan que por aquí pasó la familia
Rodríguez-Benítez. Ya casi llego a la ermita de la hondonada, por donde está la
campana. Sale una cuatro por cuatro en sentido contrario, y todos renegamos del
polvo que provoca, como no cebemos todos en el camino, él de la camioneta se
para y saluda.
Por quinta
vez en mi vida toco la campana y sigo, en la capillita una guitarra y un
trovador entonando cantos a la virgen, uno de sus acompañantes permanece
hincado con los brazos en cruz, los que miramos nos santiguamos y nos alejamos.
Nunca sabe de donde brota la devoción, el cariño, el amor a la divinidad, es
algo que cada individuo expresa a su manera en tiempo y forma.
Voy gozoso,
con la mirada aseada, la frente en alto y mis zapatos limpios de piedras,
camino como si fuera a obscuras, los pliegues de la montaña sucumben ante el
uso diario de los caminos. Qué otros secretos guardará este monte en sus
entrañas, mi pobre habilidad numérica me impide dar un aproximado de árboles,
así como de las estrellas que inundaban el cielo ayer por la noche. La luna ha
seguido con terquedad a los peregrinos y parce colgada de los árboles más
grandes. Es una luna de día. No sé hasta donde mis fuerzas alcancen, ya una vez
me deshidraté por acá, ya ni recuerdo el año. Comienzo a subir y distingo a mis
familiares, mis hermanos y a los peregrinos que cargan su cruz, van majos,
lampiños y apesadumbrados, yo tranquilo, sin perder el paso, los voy alcanzando
uno a uno, los chiquitos dicen ahí va mi tío, parece que traigo la simetría de
un GPS, zigzagueo, me encorvo, como que me hinco, mis lagos brazos quisieran
volar y salir de este atolladero, mis pies recuerdan esa ampolla que no me deja
en paz, ni me da tregua, el agua de la segunda ánfora comienza a vaciarse y mi
sed aumenta. Las ramas de mis pies y músculos pierden oxígeno, decido tomar el
último atajo, esta vez no encontré a ,la “viejita”, la he visto por aquí junto
a las cadenas, una señora como de ochenta y tantos años, con calzaletas
cruzadas, delantal de tablero, nahua y falda del tipo jolotón y sus trenzas, un
sombrero de campo de ala ancha, siempre lleva dos burritas para apoyar con las
manos su paso inexistente. Todos alguna vez nos la hemos encontrado, pero
nadie, jamás la ha visto llegar a alguna parte. La vez pasada que la miré y hasta
me dijo lo que yo quería escuchar.
Acá estoy, estoy vivo, jadeo, pataleo para
subir, pero respiro y siento que el mundo se estaciona en mi cerebro y amenaza
obscurecerlo por falta de oxígeno. Las pocas lecciones de física de la
secundaria me dicen que estoy inerte, como cuajado. La energía de reserva de mi
cuerpo sale de la obscuridad y comienza a provocar que la montaña brille,
porque nada de lo que tu cuerpo muestra deterioro tiene repuesto, siento que
voy taladrando las rocas y que el polvorín de la fortaleza estallará de un momento
a otro. Y pensar que a estas horas
aguardaría en mi cama con mi mujer y mi almohada. Ya distingo los danzantes,
esas cruces y esta explanada construida para descanso de los peregrinos.
Mi cerebro
yace, resplandece la obscuridad, pero amoldo todo lo que me escuece el ánimo y
sigo.
Al llegar a
la cumbre me autonombro representante de
los tapatíos y aficionado a las tortas ahogadas. Todo con esa mayoría de edad y
ese espíritu reconfortado y esos bandazos como quien visitó el purgatorio en
sábado de gloria. Desafío y aventura, campo, aire y camino imperan y me
someten, avanzo y soy este peregrino con rumbo cierto.
Atrás quedaron Danny y Omar que eran la cabeza
del pelotón, ahora me siguen solo Víctor y Moy, vamos bajando, las piernas como
que piden un descanso, una tregua, un respiro. El sudor ya es un estorbo, el
pecho y la espalda húmedos, los zapatos se niegan a sostener mi paso y sufro
una falseada, estuve a punto de rodar. Moy dice que como hice esa maniobra para
no caer. Comenzamos una plática amena recordando todo lo que nos ha pasado por
aquí .Hace dos años Moy me acompañó.
Los pinos
muy, muy altos, las parotas como caramelos retorcidas y el resto de árboles
como charamuscas, por eso el aire es dulce, es lo mejor de toda la ruta hasta
creo que lo azucarado alcanza a darle sazón al chicle de Talpa.
Voy a venir
más seguido por acá, y más temprano porque la mayoría de pájaros ya terminó hoy
de ensayar sus cantos. Ya casi llegamos a ese puesto en donde venden atole
blanco y pan recién hecho en su hornito, que olor despide el trigo con levadura
recién cosido. Sin rival el bosque saluda, nutre, da esplendor y aromatiza
pulmones y purifica la sangre, si a eso añadimos el perdón de nuestras culpas,
la peregrinación no hallará competencia.
El camino ha
cambiado radicalmente, la tierra suelta queda atrás, ahora mis huellas matizan
la tierra roja, dura, es una ruta casi recta, aplanada, uno que otro vado. Unas
explanadas que siempre me han atraído para acampar, poca luz, mucha sombra,
poca parota, predominio de pinos altos. ¿Cuánto falta para llegar al arroyo,
pregunta Moy? Extraño los limones, las naranjas, los energéticos y todos los
líquidos que hidratan, porque desde hace rato estoy sin agua.
Creo que mi penitencia apaciguó el ruido de la montaña, mi mortificación fue tanta, que merezco el perdón de mis culpas. Si sentía los estigmas es una señal de que mi vida espiritual madura, se fortalece, el peregrino es el único que asegura el poder sonreír cuando los problemas y pecados veniales se presenten sin ser llamados. El aire de santidad rasura los pinos y los limpia de pecado.
Creo que mi penitencia apaciguó el ruido de la montaña, mi mortificación fue tanta, que merezco el perdón de mis culpas. Si sentía los estigmas es una señal de que mi vida espiritual madura, se fortalece, el peregrino es el único que asegura el poder sonreír cuando los problemas y pecados veniales se presenten sin ser llamados. El aire de santidad rasura los pinos y los limpia de pecado.
Hoy mi
cuerpo bajo presión, dio lo suyo, mi pobre inteligencia diseño un ataque a la
montaña que resulto todo un éxito, ahora sabes que la mala suerte no existe y
que si te sentías al punto del desmayo, está frente a ti, ese olor a hot-cakes,
carne con chile, frijoles y tortillas, todo eso que no se puede aquilatar ni en
las fotos del facebook.
Es este
punto casi al final del trayecto en donde se me antoja sentarme a escribirle
una carta a la virgen de Talpa y grabar los cantos con sordina de los pájaros.
Ya veo las aves de mal agüero sobre mi cabeza, ticuces y zopilotes arquean el cielo, a lo lejos percibo el humo, un fila de autobuses, unos cuantos jacales y una calle de tiendas y tejabanes para acoger a los peregrinos, unos pasos más y las torcazas en los huizaches nos dan la bienvenida a Las Cruces.
Cruzo el arroyo y hasta parece que salte el Rubicón, mis pies satisfechos se dirigen al autobús en busca de unas sandalias, el cronómetro dice que superé mi récord en cinco minutos, existe un compromiso para mantenerlo el próximo año, hay luego les digo qué pasó.
P.D. No vine a expiar las culpas, no soy tan chismoso.
Las Cruces, Sábado de Gloria, 30 de marzo de 2013.
Ya veo las aves de mal agüero sobre mi cabeza, ticuces y zopilotes arquean el cielo, a lo lejos percibo el humo, un fila de autobuses, unos cuantos jacales y una calle de tiendas y tejabanes para acoger a los peregrinos, unos pasos más y las torcazas en los huizaches nos dan la bienvenida a Las Cruces.
Cruzo el arroyo y hasta parece que salte el Rubicón, mis pies satisfechos se dirigen al autobús en busca de unas sandalias, el cronómetro dice que superé mi récord en cinco minutos, existe un compromiso para mantenerlo el próximo año, hay luego les digo qué pasó.
P.D. No vine a expiar las culpas, no soy tan chismoso.
Las Cruces, Sábado de Gloria, 30 de marzo de 2013.