La
posada del Madoka
No sé
a qué se deba el hecho de que todo mundo hablara de la posada del Madoka. Como
ya dije no había invitados, ni convocatoria, ni se rechazaba a nadie. Tampoco
era una fiesta, si acaso era lo más parecido a una borrachera. Fue celebre
porque con el tiempo llegaron a concurrir hasta veintidós personas, incluidos
vendedores y gentes que nada tenían que ver con la cultura.
De
eso puedo hablar con calidad porque me tocó convivir en las primeras diez dizque
posadas.
El
evento permaneció vigente y alcanzó su regularidad toda la década de los
ochentas y parte de los noventas.
Lo
interesante es que el ambiente del Madoka, con sus distintas secciones, con sus
clientes muy mayores de edad, (El café de los viejitos, como se le conoce
también) y nosotros ocupando esa atmósfera esos espacios, con el atrevimiento
y con el derecho de ser asiduos, sin embargo, al día siguientes nos preguntábamos
todos ¿A qué horas te fuiste? ¿Y no te dijeron nada? En referencia a los
encargados del establecimiento.
El
suceso se originó porque, el día de nochebuena, iban llegando los parroquianos
y comenzábamos a tomar cerveza, en las dos primeras ocurrió lo mismo, a la mesa
estaban José Veloz, Arturo Suárez, Pablo Flores, García Limón, Arturo Santana y
el que esto escribe, la mayoría no tenía donde pasar nochebuena, ni compromiso,
ni invitación a cenar. Era pues un corro relajado. Enseguida llegaba Eugenio Ruiz
con una bolsa de nueces. Ese día, solo ese día podíamos meter botana sin que
nos cobraran “descorche”. Luego se comenzaban a acercarse conocidos a dar el
abrazo acostumbrado por navidad y año nuevo, entonces sucedía que muchos se
quedaban en nuestra mesa.
El
antecedente, es que nosotros sabíamos que los asiduos al café Treve, se quedaban
en el establecimiento, pues después de las nueve de la noche, del día 24, (Ramón
Valdivia, el dueño) sacaba las botellas y a los clientes les regalaba el vino.
Entonces nosotros como que por envidia, por imitar o por no quedarnos atrás,
discurrimos en tomar el café por la noche, claro sufragando el costo nosotros.
Después
se corrió la voz, y muchos extrañados de que nos permitieran realizar ese
evento en el café, después, con los comentarios y la sucesivas ediciones del
evento, se acostumbró citarnos ahí, con amigos y conocidos para desearnos
felices fiestas.
La
mayoría de los eventos eran agradables y muchos llegaban, tomaban una cerveza y
se iban, pero otros nos quedábamos hasta que nos corrían, después de las once
de la noche.
Lo
cierto es que después, todo mundo preguntaba quién fue a la reunión, y muchos
que no asistieron hablaban de la tertulia como si hubieran estado. Y eso los
comentarios hicieron que se hablara de la “posada del Madoka” en revistas y
periódicos, y que fuera motivo de conversación.
A los
que venían de fuera de la ciudad, sobre todos a los de la capital, les parecía
inaudito, que concurrieran a esa reunión los del taller literario, los de la
normal superior, los de filosofía y letras y los asiduos a otros cafés pero
interesados en la literatura y de las publicaciones marginales. Porque la
mayoría de los asistentes íbamos a dicho sarao, no porque nos interesara la
jugada de dominó, backgammon, ajedrez,
juegos de naipes o las atmosferas diversas del establecimiento, y si dábamos
paso a que todos portábamos la insignia de haber colaborado en revistas
marginales o por lo menos haber editado una plaquette.
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