sábado, 25 de abril de 2015

Por su parte, Orozco escribió a Eisenstein el 12 de julio de 1931:

Querido cuate:

Conseguí su carta fina y usted puede estar seguro que doy la bienvenida de mis amigos de corazón como usted. Soy curioso y esperanzador sobre su trabajo en México. Soy ansius [sic] para ver el resultado final que será, seguramente, una obra de arte. Todavía espero vuelven a California para terminar las paredes en Pomona el Colegio , pero no sé aún cuando si usted viene el Este nos encontraremos. Acabo de recibir su cabeza y el calavera que usted apoya. Weston envía algunas copias de la foto que él hizo de mí. Yo le enviaré uno en cuanto los consigo. Me compadezco de usted marchando para volver a Hollywood. Tuve que quedarme allí tres semanas una vez apoyando en vez de un calavera, como usted, un reloj de plata de boda que perteneció al Zar Alexander los III.
Esta carta le será enviada por nuestro compañero Aragón Leyva. Le deseo que su permanencia en México sea de lo más agradable y fecunda para usted y que si lo asaltan en un camino, no sólo no sufra daño alguno, sino que pueda, cómodamente, filmar el episodio con todo y muertos. Thanks for everything.

 Cordially yours

viernes, 17 de abril de 2015

El autor y sus primeras lecturas


Padre Alfredo R. Placencia
Carlos Pellicer en una pintura de Diego Rivera
A
RAMÓN LÓPEZ VELARDE
Cantor por excelencia de la provincia consolidó sus facultades expresivas en la Ciudad de México, donde produjo sus mejores poemas. Vale más humana y estéticamente Zozobra (su segundo libro de poemas) que su obra inicial, La sangre devota. En este libro la provincia, sin dejar de ser auténtica, es más epidérmica. En Zozobra y su libro póstumo, El son del corazón, la provincia es más esencial. En ostracismo voluntario, López Velarde pudo profundizar en su significado y características.
Sus rasgos físicos: la plaza de armas, el palacio municipal, la parroquia, la alameda, “el caserío de estallante cal”, “los naranjos de elección”, los domingos y fiestas de guardar, los días de novenario, la minúscula zona roja se trasmutan en otras instancias de mayor prosapia como el “florecimiento que se vuelve cosecha”. La pompa lujuriosa de la liturgia se torna amado espectro de su rito. Ya no describe la provincia, se sirve de ella (geografía e historia) para calificar o determinar sus estados de ánimo o como materia prima para urdir metáforas e imágenes. Así su alma se desazona “como pobre chicuela a quien prohíben en el mes de mayo que vaya a ofrecer flores a la iglesia”. O bien compara el rostro de Fuensanta, poblado por una “redecilla de medrosas venas”, con un “campo de trigo en que latiese una misantropía de violetas”. De igual modo inhala la presencia de su amada “como en la fiesta del Corpus respiraba hasta embriagarme la fruta del mercado de mi tierra”.
En el momento de la creación la provincia tiene el mismo valor que la capital. Pero ésta posee sobre aquélla, en la vida diaria del escritor, indudables ventajas: el estímulo de una vida cultural más amplia, el acicate constante de la competencia, las conversaciones con escritores afines en edad e ideas y aun mayores, la división del trabajo más amplia que permite al creador tareas en consonancia con su oficio. Pobre en su contorno, la provincia no ofrece, o lo ofrece restringido, el ambiente propicio para que el escritor se desarrolle. El propio López Velarde traza en estos versos el posible retrato futuro de numerosos escritores regionales: “Si yo jamás hubiera salido de mi villa, / con una santa esposa tendría el refrigerio / de conocer el mundo por un solo hemisferio”.
EL PADRE PLACENCIA
A lo largo de su obra, que coincide en el tiempo con la del obispo Montes de Oca, el cura Alfredo R. Placencia ofrece una visión del mundo, del hombre (en numerosas ocasiones de sí mismo), de la vida y de Dios insólita en la poesía mexicana. Cristiano ajeno a las ideas inconmovibles, pecador constante, mira en torno y sólo encuentra el caos, la irracionalidad, el silencio de Dios, el triunfo de los sepulcros blanqueados y la presencia constante de la angustia.
Se afirma que es un poeta religioso, que en ciertos momentos alcanza rango de místico, pero se olvida que es, ante todo, un poeta existencial que lo mismo habla con Dios de tú a tú que consigna el patético “estar ahí” del hombre en la tierra, sin oficio ni beneficio.
Poeta religioso, sí, pero de una religiosidad distinta de la que se practicaba durante los años en que escribe, de una franqueza agresiva que comunica mediante un estilo coloquial, desenfadado, pueblerino, propenso a los altibajos (a un verso brillante puede seguir un verso cojo y ramplón) e innovador en su momento, no sólo en México sino en la poesía religiosa de esos años.
PEDRO GARFIAS
A propósito de poetas, acabo de conocer a Pedro Garfias. Ayer por la tarde acompañé a Arturo Rivas Sainz al hotel en que se aloja. El motivo: conducirlo hasta el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara donde esa noche diría sus poemas. Subimos a la habitación y lo encontramos en condiciones lamentables, incapaz de tenerse en pie y sostener una conversación congruente. Arturo, que lo conoce de tiempo atrás, sabía cuál era el remedio adecuado para esa enfermedad. Pedro se impone al alcohol bebiendo más alcohol. Así sucedió esa tarde: el tequila mezclado con limonada le permitió asistir a su compromiso y decir de memoria sus poemas con tal precisión y justeza que conmovió a las numerosas personas que lo miraban y escuchaban como si fuera un mago venido de otro planeta.
Garfias es un poeta auténtico que trajo a la lengua española un nuevo modo de mirar y vivir la poesía. Si encontró sus raíces en el Siglo de Oro y si su maestro más próximo fue Antonio Machado, su obra dio un nuevo sentido a las premisas y ofreció al lector una curiosa síntesis en la que se identifican el rigor técnico y la disipación vital (para llamarle de algún modo), el clasicismo y una agonía que en algo se parece a las doctrinas existenciales: más a Unamuno que a Kierkegaard. Estuvo más cerca del sentimiento trágico de la vida que del concepto de la angustia.

e CARBALLO