Comienzo un libro
porque estoy cansado
harto del silenció
y del tiempo nublado a mis espaldas.
Obcecado por tu prolongada ausencia
y esas nubes que disimulan
mi total ceguera.
Ya lo dije, que tu tormenta
me ha dejado sin la cómplice lluvia
aquella que me empapaba de tu aroma
la cual nunca me dejó
poner a secar mis culpas.
Este enfado terrenal
que se escapó de tu jardín
y que malgobierna mis impulsos
y amenaza mis recuerdos.
No queda más que reordenar
los versos
que encadenan estos reproches.
Que prescindir del lastrado
tiempo de perdida de cosechas
que impiden mi alimento
y desgarran mi corazòn
en estos hilachos de plasma
que jamás volverá
a hervir en tus climaterios.
Guadalajara 28 de junio de 2014
sábado, 28 de junio de 2014
sábado, 7 de junio de 2014
Soliloquio
Al Madoka entraban a vender o a realizar su trabajo muchos personajes extraños. El más singular, sin duda era "soliloquío", un señor de mediana estatura, ya pasaba de los cincuenta de edad, de cuerpo más bien enteco, de ojos verdes, se peinaba todo el escaso pelo hacia atrás. Diario vestía traje, sin corbata y llevaba consigo un maletín tipo valija, de los que antes llevaban los médicos. Llegaba al café a hora indistinta, tomaba su café despacio, casi siempre con las piernas cruzadas. A cada sorbo aumentaba su ansia y comenzaba a hablar, sus discursos eran interminables, dos tres horas y hasta más, utilizaba muchos las manos para dar énfasis a lo que decía, por lo demás eran palabras coherentes, tal vez, y debido a su desliz pocas veces alguien lo acompañaba en su mesa.
Luego extraía del maletín herramientas, pinzas de electricista, pinzas de punta, desarmadores, pinzas convencionales y demás instrumental, lo característico es que la mercancía era de procedencia alemana.
Nunca vi que vendiera nada, pero eso sí a todos los clientes del café les ofrecía sus utensilios de acero.Volvía a sentarse y regresaba a su interrumpido discursos, hasta alguién, alguno de sus conocidos se ofrecía y pagaba su café.
Al Madoka entraban a vender o a realizar su trabajo muchos personajes extraños. El más singular, sin duda era "soliloquío", un señor de mediana estatura, ya pasaba de los cincuenta de edad, de cuerpo más bien enteco, de ojos verdes, se peinaba todo el escaso pelo hacia atrás. Diario vestía traje, sin corbata y llevaba consigo un maletín tipo valija, de los que antes llevaban los médicos. Llegaba al café a hora indistinta, tomaba su café despacio, casi siempre con las piernas cruzadas. A cada sorbo aumentaba su ansia y comenzaba a hablar, sus discursos eran interminables, dos tres horas y hasta más, utilizaba muchos las manos para dar énfasis a lo que decía, por lo demás eran palabras coherentes, tal vez, y debido a su desliz pocas veces alguien lo acompañaba en su mesa.
Luego extraía del maletín herramientas, pinzas de electricista, pinzas de punta, desarmadores, pinzas convencionales y demás instrumental, lo característico es que la mercancía era de procedencia alemana.
Nunca vi que vendiera nada, pero eso sí a todos los clientes del café les ofrecía sus utensilios de acero.Volvía a sentarse y regresaba a su interrumpido discursos, hasta alguién, alguno de sus conocidos se ofrecía y pagaba su café.
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