Carta a Jesús Arellano
Desde hace años, Jesús,
el corazón me rebota loco entre las sienes y ando por los rincones escondiendo al sollozo. Estreno una sonrisa cada mañana y pido limosna en todas las esquinas, porque ¿quién va a prestarme su vida, su amor, o su Dios? Tengo que comprármelos yo misma, y no me alcanza. Y todo esto que escondo y espero y que no llega, es la razón que me desangra dentro. A veces ocurre que de tan hambrientos inventamos el sueño, la esperanza... y mortalmente heridos, agonizamos por todos los hijos que se nos quedaron dentro, y por las palabras desquebrajadas, presas entre los molares apretados del miedo; las que luchan por sobrevivir y a veces se nos caen de la boca como un aborto ciego y doloroso. Algo se rompe acá dentro y pienso, me estoy vaciando viva. Todos los adioses se agolpan y me miran a mitad de la noche. Tomo mi cobija de silencio, entonces, y camino arrastrándola por los pasillos de la locura y no me muero, Jesús, y me siento a la orilla, pidiendo se me ayude a balancear mi vida, antes de irme y tiemblo y nadie escucha, huyen con espanto, mientras yo juego a la pelota con la muerte, lanzándola como pequeña brasa de una mano a otra. Y no me muero, Jesús, y no se muere una, hace sólo el ridículo con su pequeña muerte que es sólo una niña azorada, llorando por todos los que de veras mueren sin derecho. |
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