y no le alcanzó el interés para percatarse de la su-
ma del resultado, una ráfaga en su imaginación lo
traspasó. ¡Eso es!
Llegó a su casa eufórico. Aventó los periódicos al
sofá y se dirigió al estudio.
Sacó del armario un puño de papel y se sentó a
escribir en la flamante máquina. No se extrañó de
su rito de cuando se sentaba a escribir. Muy altera-
do, tecleo y tecleo como si fuera un novel autor.
Apenas iba a la mitad del escrito y se le perdió una
palabra, hizo sin querer una pausa. Y entonces se
preguntó por qué estaba escribiendo un cuento.No
halló respuesta a la mano, la palabra extraviada le
demandó su total atención. Se encaminó a la coci-
na, embargado en sus pensamientos, encendió la
estufa y puso agua para tomarse un té, sabedor de
que no podía tomar más café, pues aún permane-
cía en un estado alterado. Ya más calmado buscó
la bolsita de la infusión y la introdujo en el agua hir-
viendo hasta obtener el color deseado.
Con la taza de la bebida en la mano, se dirigió al
estudio mientras el agua al tornasolarse derramaba
Juan Enrique Rodríguez B.
TRES PLAZAS
Ediciones Tinta Guadalajara 2012
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