[Carta de José de
la Colina a Juan José Arreola]
Querido amigo:
No hace ni dos días que acabo de estar con usted en el camerino de ese
Teatro
del Caballito -de pecho tan exiguo y de latido tan potente- y ya
este
fino amigo que es Juan Martín me pide con tiránica premura
"las
cuartillas para lo de Poesía en Voz Alta",
olvidando acaso que de
crítico
teatral yo sólo tengo una cosa, que rara
vez tienen los críticos:
entusiasmo. Los críticos -esos señores vestidos de negro que avanzan
sus
arrugadas narices desde aquel palco-
dirán a coro: No es suficiente.
Y en
efecto, ya lo sé, no es suficiente. Por eso, lo que viene a renglón
seguido
no es una crítica, ni siquiera una
crónica. Es una carta, simple
y
llanamente. ("Como su nombre lo indica",
diría Tito Monterroso.)
En un artículo
publicado en el anterior número de esta revista -en el cual, inconscientemente,
entré
al palco de los señores vestidos de negro- me fui por las ramas y dejé casi
todo por decir acerca de Poesía en Voz Alta. Entre las cosas que apenas alcancé
a apuntar estaba mi idea de que ustedes inician algo revolucionario. Revolucionario no porque el afán de
originalidad impere sobre cualquier otra intención, o porque quieran ustedes
fusilar a todos los profesionales del teatro en nuestro medio -líbrense de
tales malsanas ideas-, sino porque han
devuelto el teatro a quien lo trabaja con amor de artista y de artesano: lo han
rescatado para el arte.
Apunté también el espíritu de juego con que
iniciaron esta revolución (así se iniciarían muchas). Ese Caballito se me
antoja un caballito de madera, se me figura Clavileño: artefacto aleve e
irrisorio para los cuerdos tontos. pero vivo y lanzado a los castillos del aire
para los que tienen una bendita locura y su migaja de fe. Porque sí, después de
ver cosas como El Paseo de Buster Keaton
o El Salón del Automóvil hay gente
que sale diciendo: "Esto es cosa de locos".
Pero no hay que
tomarlos en cuenta, Cría cuervos y te
sacarán los ojos
Afortunadamente,
ustedes tienen ya un público que, -unos más, otros menos- sabe que el arte tiene mil rostros y que
incluso uno de esos rostros cumple la misión de reírse del arte. Tal rostro
aparece en algunas de las obras de Lorca y en las de Tardieu e Ionesco. Es el
arte jugando con el arte, riéndose del arte, o mejor dicho de esa caparazón de
tópicos que tenían ahogado al arte el arte .Risa
liberadora, sátira noble: sometiéndose, l caricaturizar Tara Patra, en los
Apartes, a la Muchacha Romántica, los hace con tanta ternura, con tal delicadeza,
que la burla se convierte en redención (ni más ni menos, casi como en las obras
de Cervantes, de Gogol, de Chaplin). Cuando Mac Gregor pierde “una nariz para
ver mejor”, o cuando usted mismo en papel de agente vendedor -en El
salón del Automóvil- dice:”Es un coche completamente francés un Racine de
quince ruedas, pero fácilmente puede agregarle la cuarta”, alguno dirá que todo
esto es locura, pero sólo si confunde la locura con un legítimo y furioso deseo
de juventud. ¿ Porqué el arte ha de ser matemáticas, por que en 2 y 2 han de ser
4?
Pero cuando el juego
se eleva, cuando funde matemáticas y locura, se llama poesía, y aquí me refiero
la obra de Octavio Paz, La Hija de Rapaccini.
Hace mucho tiempo que
no se ha visto en las tablas mexicanas una obra tan bella y tan realista. Realista,
he dicho bien. El mundo dramático en la obra de Paz. Es de una realidad y de
una vigencia escalofriante: el conflicto entre abstracción y naturaleza, entre
el demonismo y el autor. Rapaccini: el gran soñador, el inquieto, el que busca
el porqué. El creador, y los amantes: la tierra, los cielos, el olvido de uno,
mismo la soledad de cada uno. Conocía la obra en fragmentos de ensayos -esos maravillosos ensayos del grupo de
ustedes, esos fervorosos, atentos ensayos- y aunque me gustaba, me parecía de poco valor
dramático.
La noche del estreno
reconocí mi gran error. No se puede hablar del amor del valor dramático de una
obra -aún de una obra tan excelente como la de Paz- si no se la ve viva sobre
las tablas. Estuve desprevenido de la fuerza y convicción con que todos ustedes
actuaron, y así el hecho fue para mí milagroso. Aquellas hermosas lágrimas de Manolita
Saavedra debieron de verse desde el mismísimo Olimpo. Realmente, no eran
espectáculo para mortales.
Al mencionar aquí los
nombres de ustedes -Héctor Mendoza, Octavio Paz, Leonora Carrington, Juan
Soriano, Joaquín Gutiérrez Heras, Héctor Godoy, Rosenda Monteros, Tara Parra,
Carlos Castaño, Juan José Arreola, Eduardo Mac Gregor, María Luisa Elío, Carlos
Fernández, Ana María Hernández, Manola Saavedra…- estoy imaginándolos como hace
-más o menos- unas veinticuatro horas, concentrados todos en un núcleo de
nervios, esfuerzo, fiebre, gozo y asombro, lanzados a la creación de seres de carne y hueso, de pasiones, de belleza,
de misterio; lanzados todos con el espíritu gemelo al del primer glorioso antecesor
nuestro que tuvo la ocurrencia de hacer teatro. He notado, sin embargo, amigo Arreola, pequeños
resbalones, sutiles resbalones en el camino de Poesía en Voz Alta. Me parece que en este segundo programase han
olvidado ustedes un poco del verbo, ese "verbo" que tanto traje y
llevé en mi anterior artículo. Se han engolosinado un poco con la atmósfera, han adornado mucho el espacio del escenario.
A usted, en La Hija de Rapaccini, las macetas y las
plantas le estorban la acción. En el primer programa todo era más limpio, más
claro, más desnudo: era el tiempo del escenario lo que adornaban. La labor de Soriano
y de Leonora Carrington en este segundo programa,es hermosa, pero tal vez debió
ser más sobria y dejar que personaje y gesto
se recortaran más.
De cualquier modo,
la cosa marcha bien. Tengo entendido -¿ me lo dijo usted?-- que tienen en
cartera un esperpento de Valle Inclán, más cosas de Ionesco, de Lorca, de León
Felipe. Se abre un maravilloso campo de vivencias artísticas. Afortunado suceso
es que se haya usted ligado al teatro; su amor por la palabra, su madurez
artística y esa energía espiritual que va hacia lo nuevo sin ignorarla
tradición ni detenerla, sino avanzando con ella, todo, en fin lo que es usted
para quienes como yo le admiran y le quieren, nos hacen esperar cosas que a la
piedras harán hablar. Con un saludo para Orso, y un abrazo de
José de la Colina.