lunes, 7 de septiembre de 2015

Avance de Tinta # 48

[Carta de José de la Colina a Juan José Arreola]
Querido amigo:
                                                No hace ni dos días que acabo de estar con usted en el camerino de ese
                                               Teatro del Caballito -de pecho tan exiguo y de latido tan potente- y  ya
                                               este fino  amigo que es  Juan Martín me pide con tiránica premura
                                              "las cuartillas para lo de Poesía en Voz  Alta", olvidando acaso que de
                                               crítico teatral yo sólo tengo una cosa, que  rara vez tienen los críticos:
                                               entusiasmo.  Los críticos  -esos señores vestidos de negro que avanzan
                                               sus arrugadas narices desde aquel palco-  dirán a coro: No es suficiente.
                                               Y en efecto, ya lo sé, no es suficiente. Por eso, lo que viene a renglón
                                              seguido no es  una crítica, ni siquiera una crónica. Es una carta, simple
                                              y llanamente. ("Como  su nombre lo indica", diría Tito Monterroso.)

En un artículo publicado en el anterior número de esta revista -en el cual, inconscientemente,   entré al palco de los señores vestidos de negro- me fui por las ramas y dejé casi todo por decir acerca de Poesía en Voz Alta. Entre las cosas que apenas alcancé a apuntar estaba mi idea de que ustedes inician algo revolucionario.  Revolucionario no porque el afán de originalidad impere sobre cualquier otra intención, o porque quieran ustedes fusilar a todos los profesionales del teatro en nuestro medio -líbrense de tales malsanas ideas-,  sino porque han devuelto el teatro a quien lo trabaja con amor de artista y de artesano: lo han rescatado para el arte.
 Apunté también el espíritu de juego con que iniciaron esta revolución (así se iniciarían muchas). Ese Caballito se me antoja un caballito de madera, se me figura Clavileño: artefacto aleve e irrisorio para los cuerdos tontos. pero vivo y lanzado a los castillos del aire para los que tienen una bendita locura y su migaja de fe. Porque sí, después de ver cosas como El Paseo de Buster Keaton o El Salón del Automóvil  hay gente que sale diciendo: "Esto es cosa de locos".
Pero no hay que tomarlos en cuenta, Cría cuervos y te sacarán los ojos
Afortunadamente, ustedes tienen ya un público que, -unos más, otros menos-  sabe que el arte tiene mil rostros y que incluso uno de esos rostros cumple la misión de reírse del arte. Tal rostro aparece en algunas de las obras de Lorca y en las de Tardieu e Ionesco. Es el arte jugando con el arte, riéndose del arte, o mejor dicho de esa caparazón de tópicos que tenían ahogado al arte el arte   .Risa liberadora, sátira noble: sometiéndose, l caricaturizar Tara Patra, en los Apartes, a la Muchacha Romántica, los hace con tanta ternura, con tal delicadeza, que la burla se convierte en redención (ni más ni menos, casi como en las obras de Cervantes, de Gogol, de Chaplin). Cuando Mac Gregor pierde “una nariz para ver mejor”, o cuando usted mismo en papel de agente vendedor   -en El salón del Automóvil- dice:”Es un coche completamente francés un Racine de quince ruedas, pero fácilmente puede agregarle la cuarta”, alguno dirá que todo esto es locura, pero sólo si confunde la locura con un legítimo y furioso deseo de juventud. ¿ Porqué el arte ha de ser matemáticas, por que en 2 y 2 han de ser 4?
Pero cuando el juego se eleva, cuando funde matemáticas y locura, se llama poesía, y aquí me refiero la obra de Octavio Paz, La Hija de Rapaccini.
Hace mucho tiempo que no se ha visto en las tablas mexicanas una obra tan bella y tan realista. Realista, he dicho bien. El mundo dramático en la obra de Paz. Es de una realidad y de una vigencia escalofriante: el conflicto entre abstracción y naturaleza, entre el demonismo y el autor. Rapaccini: el gran soñador, el inquieto, el que busca el porqué. El creador, y los amantes: la tierra, los cielos, el olvido de uno, mismo la soledad de cada uno. Conocía la obra en fragmentos de ensayos  -esos maravillosos ensayos del grupo de ustedes, esos fervorosos, atentos ensayos-  y aunque me gustaba, me parecía de poco valor dramático.
La noche del estreno reconocí mi gran error. No se puede hablar del amor del valor dramático de una obra -aún de una obra tan excelente como la de Paz- si no se la ve viva sobre las tablas. Estuve desprevenido de la fuerza y convicción con que todos ustedes actuaron, y así el hecho fue para mí milagroso. Aquellas hermosas lágrimas de Manolita Saavedra debieron de verse desde el mismísimo Olimpo. Realmente, no eran espectáculo para mortales.
Al mencionar aquí los nombres de ustedes -Héctor Mendoza, Octavio Paz, Leonora Carrington, Juan Soriano, Joaquín Gutiérrez Heras, Héctor Godoy, Rosenda Monteros, Tara Parra, Carlos Castaño, Juan José Arreola, Eduardo Mac Gregor, María Luisa Elío, Carlos Fernández, Ana María Hernández, Manola Saavedra…- estoy imaginándolos como hace -más o menos- unas veinticuatro horas, concentrados todos en un núcleo de nervios, esfuerzo, fiebre, gozo y asombro, lanzados a la creación de seres de carne y hueso, de pasiones, de belleza, de misterio; lanzados todos con el espíritu gemelo al del primer glorioso antecesor nuestro que tuvo la ocurrencia de hacer teatro.     He notado, sin embargo, amigo Arreola, pequeños resbalones, sutiles resbalones en el camino de Poesía en Voz Alta. Me parece que en este segundo programase han olvidado ustedes un poco del verbo, ese "verbo" que tanto traje y llevé en mi anterior artículo. Se han engolosinado un poco con la atmósfera, han adornado mucho el espacio del escenario.
A usted, en La Hija de Rapaccini, las macetas y las plantas le estorban la acción. En el primer programa todo era más limpio, más claro, más desnudo: era el tiempo del escenario lo que adornaban. La labor de Soriano y de Leonora Carrington en este segundo programa,es hermosa, pero tal vez debió ser más sobria y dejar que personaje y gesto  se recortaran más.
De cualquier modo, la cosa marcha bien. Tengo entendido -¿ me lo dijo usted?-- que tienen en cartera un esperpento de Valle Inclán, más cosas de Ionesco, de Lorca, de León Felipe. Se abre un maravilloso campo de vivencias artísticas. Afortunado suceso es que se haya usted ligado al teatro; su amor por la palabra, su madurez artística y esa energía espiritual que va hacia lo nuevo sin ignorarla tradición ni detenerla, sino avanzando con ella, todo, en fin lo que es usted para quienes como yo le admiran y le quieren, nos hacen esperar cosas que a la piedras harán hablar. Con un saludo para Orso, y un abrazo de
                                                                                                                     José de la Colina.


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