miércoles, 23 de marzo de 2016


domingo, 7 de abril de 2013


                          Talpa, pasando por El Espinazo del Diablo


El  amor a lo desconocido, el olor de las veredas y caminos escarpados, el sudor en la frente con al afán de que el todopoderoso  perdone las ofensas de todo el año, más el calendario religioso y las lecturas litúrgicas que obligan a redimir culpas, que no es el mismo que el calendario civil, comienza con la ida a Talpa, en cuanto sales del anillo periférico y se deja sentir en Guadalajara ese airecito que anuncia la primavera. Esa misma liturgia eclesiástica acarrea peregrinos  a Talpa hasta los primeros doce días de abril de 2013.
Es una mañana diamantina y transparente. Uno ya no recordaba estos amaneceres, al estar erguido me sacudo el polvo que aún contienen mis ropas y que son el rescoldo de la jornada de ayer. Los pájaros se han acercado de manera imprudente y se pelean por los escasas migajas  que dejaron los pasajeros de un autobús con peregrinos que ya han reiniciado su andar.
Adopto la decisión de poner la olla de café y a las seis con quince comienzo a servir ese líquido a quienes lo necesitan para empezar a moverse, unos tragos los hacen hablar, uno de ellos dice “que para despertar” y otro “que para empezar bien el día”, yo lo tomo por costumbre, porque los mejores cafés que he tomado son al despertar, sin mediar nada más, café y ya.
Yo arreglo la peana del manjar y preparo mi ajuar. El espectáculo de la montaña en toda su magnitud, su altura frente a mi, un año esperé este momento. Sin duda la cuesta de la penitencia* pronto me entregará su parcela.
Cuando termino mis arreglos, porte y donosura a punto, la mayoría de nuestros compañeros ya atacan la cuesta. Demoro en guardan algunas ollas y enseres en la cajuela del vehículo en el que venimos hasta Guayabos. En el reloj son dos para las siete y decido irme a darles alcance a los que ya tomaron ventaja. Allá voy, pobremente vestido con mis dos ánforas, un año antes me tocó que no había puestos de los que uno utiliza para hidratarse.
Es cierto que son más largos los caminos para el que va cargado demás. El sol, ese as de la baraja, tarda en aparecer, incluso parece aletargado, acá sus rayos tropiezan con los árboles y los huizaches. Llevo escaso un kilómetro y ya lamento la falta de mi paliacate, ese que siempre compro en Santa Rita y esta vez olvidé adquirirlo.
Una fila como de hormigas trepan por las distintas veredas, unos llevan equipo, otros van solos con las ánimas del purgatorio. Los hay que llevan su camisa con motivos, ya sea el camino, la virgen o la palabra Talpa, no falta alguno con la leyenda Peregrinación 2013.  El colorido de caballeros andantes incluye: adultos mayores, mujeres, hombres , jóvenes y niños, muchos niños que ya corren el riesgo de la deshidratación.
Ahora sabes que cada paso es un avance  por la obscuridad en busca de la aurora.De repente vas divagando, no miras nada fijamente solo escuchas ruidos y jadeos, ves gente sudando, pujando, sufriendo, renegando de lo escarpado del camino hasta la cima. Sin embargo la alegría que llevamos todos por dentro nadie la puede ocultar.
Mis firmes pasos van sorteando con fortuna las serpenteantes veredas y el polvo que produce el andar. Mi sistema vascular  que ya conocía este tipo de esfuerzo reniega, mi mente ordena lo que las piernas con muchísimo trabajo acatan. Voy entero, he perdido medio kilo, pues el sudor expele por todos los poros de mi enjuto ser. Un año más y los augurios parecen estar peleados con el motivo y la razón, aquí no es suficiente con querer, hay que poder, y tu estado emocional es tan importante como tu estado físico. Me repito ya falta poco, ya mero llego, un poco más y estaré cruzando el final, llega el momento de la crisis, mis piernas, largas, sin fuerzas resisten utilizando pasos cortitos de pausa prolongada, sigo muy apenas, me pesan mis carnes mallugadas, el aliento extraviado en la altura, pero voy, voy, voy.
Mientras los pecados buscan descargar en el drenaje profundo, la pinturería de la fila india que diseñó la montaña aparece, todos se han acomodado como para la foto, el paso es de caballo, algo así como de 9 Km. por hora. La hilera de peregrinos vamos entrometiendo el color en la intimidad de la montaña. Entre más te ausentas, más te acuerdas de los caminos de la vida, de esta rueda de la fortuna en que viajamos por los rumbos de nuestro interior, de nuestra intimidad y su belleza apabullante, como este paisaje que solo Dios sabe de su estado. No se si todos los caminantes tengan una filosofía o solo los guie el entusiasmo. Como si fuera una  ola de viento que murmura y nos arropa cuando pasamos debajo de los pinos. Vas a ritmo lento, para dar paso a la terapia, el punto de llegada se aleja o acerca con la complacencia de los reductos de energía. Pero como aceptaste estar aquí, nadie te forzó, el sudor rompe en dos el esternón y amenaza empapar las amígdalas .¿Y qué saca el alma de todo esto con sus pesares?
Salvo uno que me viene siguiendo como un kilómetro, sigo acá solo, ya deje a todos atrás, creo tronaré mi marca que era de una hora con cincuenta y cinco minutos. Como es la quinta vez que subo, utilizo todos los recursos que mi experiencia posee. Distingo ya el punto más alto y decido utilizar un atajo en lo más escarpado, corto unos treinta metros, que aquí y en estas condiciones asfixiantes,  son muchos. Bebo el restó de la primer ánfora sin que la sed extrema desaparezca, rebaso  a un grupo como de treinta que parece que se estacionaron, unos por cansancio, otros como que se quedaron a mirar lo ya caminado. Otros simplemente se pararon sin motivo aparente o son aquellos que no llevan ninguna prisa. Acá están colgando de los pinos unas como monas de heno que parecen brujas. Las hojas enormes truenan con nuestros pasos, esas láminas de parota están por todas partes.  Encuentro una familia que va rezando el rosario a fin de que se les concedan gracias. Quién se supone que soy, un bastión, un guiñapo ensartado en la punta de un huizache simulando una bandera.
En el total desamparo siento mis fosas nasales obstruidas, en cambio percibo que la mirada se me limpia, se me esclarece, el aire de bosque atasca mis pulmones y asienta poco a poco mi respiración, he terminado de subir el primer paso. Este picacho solo es la segunda peana, el siguiente y último se impone con 150 metros más de altura. Todo camino sinuoso ofrece como recompensa la resurrección y hoy sábado de gloria la indulgencia será doble. La montaña es el mejor consultorio que conozco, y una forma gratis de hacerle al naturalista, todo pagado con sacrificios, como ese olor a caballo muerto que nos persigue y nos aroma este insano ambiente. Es aquí donde piensas en las dos gotas de agua. Porque si la revolución de los planetas, el sol, la luna y las estrellas me trajeron hasta aquí, espero ejerzan su influencia y mi bioritmo se acople y renueve la maquinaria de mi cuerpo para caminar a todas las revoluciones posibles.
Las huellas de mi andar empiezan a competir con las de miles de peregrinos. Aquí el camino es ancho y mitiga el descenso, voy reponiéndome poco a poco del desgaste energético. El aire es frío, los dedos de la mano se me entumen, siento que el pulgar y el índice son uno mismo, todos, hasta el anular los percibo gruesos, entumidos. Y ya principio con el aceleramiento, voy rebosante, creo utilicé menos tiempo y voy en mejor forma que en mi anterior ataque a la montaña. Como conciliar el desgaste corporal con la Semana Santa, si bien ayer obligaba el ayuno, hoy supongo ya gané con el sudor de mi frente medio desayuno, lo demás lo capitalizaré en indulgencias. Estos 20 minutos de esfuerzo han aligerado mi peso muerto, creo pedí mínimo un kilo. Mis pasos reconocen el camino, ya casi llego a la campana, deseo que los tañidos convoquen a todas las almas del purgatorio y la virgen me cargue en el cueco de sus manos vaya dándome aliento en el resto de la jornada.
Siempre he disfrutado el bosque, sus entrañas, sus ruidos de canarios, sus polvorientos caminos, sus grotescos desniveles, sus hojas secas tapizando el pavimento y posando para la foto de un papel tapiz que se metamorfoseará y terminará adornando una pared de mi casa. La primera vez que vine, en este trayecto mis músculos se hacían bolas y amenazaban con acalambrarme, ahora conservo  los nervios a punto y oxigenados.
Los árboles exhiben los exvotos y las laminitas que recuerdan que por aquí pasó la familia Rodríguez-Benítez. Ya casi llego a la ermita de la hondonada, por donde está la campana. Sale una cuatro por cuatro en sentido contrario, y todos renegamos del polvo que provoca, como no cebemos todos en el camino, él de la camioneta se para y saluda.
Por quinta vez en mi vida toco la campana y sigo, en la capillita una guitarra y un trovador entonando cantos a la virgen, uno de sus acompañantes permanece hincado con los brazos en cruz, los que miramos nos santiguamos y nos alejamos. Nunca sabe de donde brota la devoción, el cariño, el amor a la divinidad, es algo que cada individuo expresa a su manera en tiempo y forma.
Voy gozoso, con la mirada aseada, la frente en alto y mis zapatos limpios de piedras, camino como si fuera a obscuras, los pliegues de la montaña sucumben ante el uso diario de los caminos. Qué otros secretos guardará este monte en sus entrañas, mi pobre habilidad numérica me impide dar un aproximado de árboles, así como de las estrellas que inundaban el cielo ayer por la noche. La luna ha seguido con terquedad a los peregrinos y parce colgada de los árboles más grandes. Es una luna de día. No sé hasta donde mis fuerzas alcancen, ya una vez me deshidraté por acá, ya ni recuerdo el año. Comienzo a subir y distingo a mis familiares, mis hermanos y a los peregrinos que cargan su cruz, van majos, lampiños y apesadumbrados, yo tranquilo, sin perder el paso, los voy alcanzando uno a uno, los chiquitos dicen ahí va mi tío, parece que traigo la simetría de un GPS, zigzagueo, me encorvo, como que me hinco, mis lagos brazos quisieran volar y salir de este atolladero, mis pies recuerdan esa ampolla que no me deja en paz, ni me da tregua, el agua de la segunda ánfora comienza a vaciarse y mi sed aumenta. Las ramas de mis pies y músculos pierden oxígeno, decido tomar el último atajo, esta vez no encontré a ,la “viejita”, la he visto por aquí junto a las cadenas, una señora como de ochenta y tantos años, con calzaletas cruzadas, delantal de tablero, nahua y falda del tipo jolotón y sus trenzas, un sombrero de campo de ala ancha, siempre lleva dos burritas para apoyar con las manos su paso inexistente. Todos alguna vez nos la hemos encontrado, pero nadie, jamás la ha visto llegar a alguna parte. La vez pasada que la miré y hasta me dijo lo que yo quería escuchar.
 Acá estoy, estoy vivo, jadeo, pataleo para subir, pero respiro y siento que el mundo se estaciona en mi cerebro y amenaza obscurecerlo por falta de oxígeno. Las pocas lecciones de física de la secundaria me dicen que estoy inerte, como cuajado. La energía de reserva de mi cuerpo sale de la obscuridad y comienza a provocar que la montaña brille, porque nada de lo que tu cuerpo muestra deterioro tiene repuesto, siento que voy taladrando las rocas y que el polvorín de la fortaleza estallará de un momento a otro. Y pensar que a  estas horas aguardaría en mi cama con mi mujer y mi almohada. Ya distingo los danzantes, esas cruces y esta explanada construida para descanso de los peregrinos.

Mi cerebro yace, resplandece la obscuridad, pero amoldo todo lo que me escuece el ánimo y sigo.
Al llegar a la cumbre  me autonombro representante de los tapatíos y aficionado a las tortas ahogadas. Todo con esa mayoría de edad y ese espíritu reconfortado y esos bandazos como quien visitó el purgatorio en sábado de gloria. Desafío y aventura, campo, aire y camino imperan y me someten, avanzo y soy este peregrino con rumbo cierto.
 Atrás quedaron Danny y Omar que eran la cabeza del pelotón, ahora me siguen solo Víctor y Moy, vamos bajando, las piernas como que piden un descanso, una tregua, un respiro. El sudor ya es un estorbo, el pecho y la espalda húmedos, los zapatos se niegan a sostener mi paso y sufro una falseada, estuve a punto de rodar. Moy dice que como hice esa maniobra para no caer. Comenzamos una plática amena recordando todo lo que nos ha pasado por aquí .Hace dos años Moy me acompañó.
Los pinos muy, muy altos, las parotas como caramelos retorcidas y el resto de árboles como charamuscas, por eso el aire es dulce, es lo mejor de toda la ruta hasta creo que lo azucarado alcanza a darle sazón al chicle de Talpa.
Voy a venir más seguido por acá, y más temprano porque la mayoría de pájaros ya terminó hoy de ensayar sus cantos. Ya casi llegamos a ese puesto en donde venden atole blanco y pan recién hecho en su hornito, que olor despide el trigo con levadura recién cosido. Sin rival el bosque saluda, nutre, da esplendor y aromatiza pulmones y purifica la sangre, si a eso añadimos el perdón de nuestras culpas, la peregrinación no hallará competencia.
El camino ha cambiado radicalmente, la tierra suelta queda atrás, ahora mis huellas matizan la tierra roja, dura, es una ruta casi recta, aplanada, uno que otro vado. Unas explanadas que siempre me han atraído para acampar, poca luz, mucha sombra, poca parota, predominio de pinos altos. ¿Cuánto falta para llegar al arroyo, pregunta Moy? Extraño los limones, las naranjas, los energéticos y todos los líquidos que hidratan, porque desde hace rato estoy sin agua.
Creo que mi penitencia apaciguó el ruido de la montaña, mi mortificación fue tanta, que merezco el perdón de mis culpas. Si sentía los estigmas es una señal de que mi vida espiritual madura, se fortalece, el peregrino es el único que asegura el poder sonreír cuando los problemas y pecados veniales se presenten sin ser llamados. El aire de santidad rasura los pinos y los limpia de pecado.
Hoy mi cuerpo bajo presión, dio lo suyo, mi pobre inteligencia diseño un ataque a la montaña que resulto todo un éxito, ahora sabes que la mala suerte no existe y que si te sentías al punto del desmayo, está frente a ti, ese olor a hot-cakes, carne con chile, frijoles y tortillas, todo eso que no se puede aquilatar ni en las fotos del facebook.
Es este punto casi al final del trayecto en donde se me antoja sentarme a escribirle una carta a la virgen de Talpa y grabar los cantos con sordina de los pájaros.
Ya veo las aves de mal agüero sobre mi cabeza, ticuces y zopilotes arquean el cielo, a lo lejos percibo el humo, un fila de autobuses, unos cuantos jacales y una calle de tiendas y tejabanes para acoger a los peregrinos, unos pasos más y las torcazas en los huizaches nos dan la bienvenida a Las Cruces.
Cruzo el arroyo y hasta parece que salte el Rubicón, mis pies satisfechos se dirigen al autobús en busca de unas sandalias, el cronómetro dice que superé mi récord en cinco minutos, existe un compromiso para mantenerlo el próximo año, hay luego les digo qué pasó.
P.D. No vine a expiar las culpas, no soy tan chismoso.

Las Cruces, Sábado de Gloria, 30 de marzo de 2013.

sábado, 12 de marzo de 2016

Cuentocorto: "Fruto de tu vientre" Sus muchas cualidades no le ajustaron para disimular sus atroces defectos.

jueves, 10 de marzo de 2016



(Aparten el suyo porque solo habrà 40 ejemplares)
           La portada de mi pròxima publicaciòn


                                HASTA NO VERTE ENTUMIDO

Yo soy un creyente de la verdad y siempre he simpatizado con aquellos que la profesan por sobre todas las cosas. Pero también simpatizo con las mentiras bien contadas, por aquello que varias personas me han acusado de mentiroso. Me duele pero reconozco que algunas aristas de mi pensamiento franco a más de una persona pueden parecerles calumnias.

Entonces a diario lucho y me esfuerzo por separar en el lenguaje aquello que no va, lo que no embona en ninguna parte.
Y tratándose de tu cuerpo ese compromiso con la verdad torna una dimensión que muchas veces asusta. Y no. Nuestro organismo es sabio, o al menos el mío, no puedo responder por los demás, porque si no estuviera levantando falsos.

A muchas personas que se sienten enfermas, de esos malestares que nos aquejan a diario y a todos, por lo menos cinco veces al año tu cuerpo tiene síntomas, los llamados posodromos, de alguna enfermedad ya conocida y en ocasiones ya sufrida.

El caso es que cuando asistes a acompañar algún paciente con el médico, el nutriólogo y el charlatán llamado muchas veces curandero te ves en la necesidad de estar de acuerdo en su diagnóstico o en su consejo a tiempo.
Y entonces, sin que medie pedido o sugerencia, admites lo que dice el galeno y estás de acuerdo completamente con él. Y rematas las palabras del sanador diciendo “eso es muy lógico y acertado”.



No pasan cinco minutos cuando experimentas una sensación desacostumbrada y piensas, si como no voy a estar de acuerdo con  el diagnóstico, si al cabo ni es mi enfermedad, ni es mi cuerpo. Y confías entonces más en la perfección del organismo ajeno. Todo porque se parece al tuyo.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Yo soy como esos árboles sin frutos/ 
que rompen las aceras de los parques/
 y no han sabido más que darse en sombras/
 para los que no tienen en dónde cobijarse./
 Yo soy como esos árboles sin frutos/ 

sábado, 5 de marzo de 2016

Adelanto de Tinta # 52

Creí que era por toda la vida
y acepté sin reservas la cadena
y besé un eslabón en cada pena
y acaricié un anillo en cada herida;

y así vivió mi voluntad uncida
a aquella amada voluntad ajena
y en el dulce amargor de esa condena
mi frente al suelo se humilló, vencida.

Aquellos bronces cuyo peso duro
mi pecho laceraba y oprimía,
se disolvieron en el aire puro;

el tiempo al fin me levantó el castigo;
hoy no lloro, y mi vida está vacía
porque ya aquel dolor no está conmigo.

                                                     Rafael Solana