Era un gato cursi
y además, lírico.
Aunque jamás leyó
un libro.
Tampoco llegó a manchar
con la pluma
la página en blanco.
Por las noches solfeaba
apoyando la partitura
en un atril que simulaba
un sarcófago.
Vocalizaba toda la velada
hasta que un día
hizo estallar el callejón
con la potencia de su voz.
Pasó sus mejores días
con el corazón desbordado
por la calle sin salida.
Dicen que llegó a ofrendar
su sangre, la cual tiñó
para siempre las hileras
y el tendido.
Sus testaferros
ignorantes de la lírica
se sorprendieron
cuando el cadáver del gato
en un coagulo de arrebato
y sentimientos análogos
ofreció a los deudos
una esquela mortuoria
donde claramente se leía:
ataque lírico y demencia.
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