Nadie merece la extinción, todos ameritamos otra oportunidad. Optando por lo sencillo, desarrollando esos
proyectos menores que vivifican, que aportan al cuerpo y al alma, buscando
estar en paz con nosotros mismos, una y otra vez.
Una y otra vez he puesto en mis planes
que debo de hacer una lista con las canciones que me gustan. Y todo porque el
COVID-19 asecha en una esquina cualquiera, por ello bueno sería que “me
inyecten suero de colores…que la ciencia no funciona…inyéctame tu amor como
insulina…(JLG) Si tú no vuelves mi voluntad se hará pequeña…no quedarán más que
desiertas”.
Una y otra vez… las canciones para
sacudirnos la miseria de estar soterrados y la riqueza de estar vivos.
Porque lo que es pesado y fastidioso
es que nosotros cargamos al virus, lo alimentamos, lo transportamos y lo
odiamos, es un todo como si fuera una relación tóxica, un amor-odio oxigenado y
a punto. Otra cosa es el discurso oficial ahí existe otra relación, una
relación de cosa juzgada, un tris y todo con su sana distancia con el gesto
adusto. O sea un efecto impeditivo que lo mismo abre fosas de panteones, que
deposita a los enfermos en la corteza del sufrir, esperando el silencio para contestar
la pregunta ¿No oyes ladrar al COVID-19?
Los contemporáneos cultos no pueden
escapar del sentimiento de que algo muy diferente está ocurriendo. Y los que nombran las eras, o dan nombre a los años
se ofuscaran con la tentación de llamarle
año uno a partir del primero de enero próximo. No sabemos si la
redención, en cualquiera de sus manifestaciones haga olvidar lo sucedido, lo
más seguro es que no. No pasará aquello de ese virus se quitan con limones, o
con cualquier otro depurativo, agua de Jamaica, de coco o de tamarindo. Nadie
sabe. Porque más bien somos aficionados a predecir las consecuencias, aunque
repetidamente fallemos en eso.
Por ello amanecemos con aumentar el
empeño en vindicarnos. Por ello hay días que todo transcurre en un complot de
optimismo. Y la siguiente mañana todo se desvanece, no dormí bien, la comida
fue muy pesada y de difícil digestión, los alimentos ingeridos no fueron los
adecuados. Hasta que te ofrendas y dices esto es improrrogable. Por ello es muy
sano abogar por el regocijo. Sobre todo por el temor a lo frenético, a lo que
los paisajes inéditos y no revelados nos anuncian los tiempos por venir. No
podemos decir tiempos modernos, porque estaremos ocupados en quitar las sombras
del presente.
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