sábado, 16 de mayo de 2020

COVID-19


Nadie merece la extinción, todos ameritamos otra oportunidad. Optando por lo sencillo, desarrollando esos proyectos menores que vivifican, que aportan al cuerpo y al alma, buscando estar en paz con nosotros mismos, una y otra vez.
Una y otra vez he puesto en mis planes que debo de hacer una lista con las canciones que me gustan. Y todo porque el COVID-19 asecha en una esquina cualquiera, por ello bueno sería que “me inyecten suero de colores…que la ciencia no funciona…inyéctame tu amor como insulina…(JLG) Si tú no vuelves mi voluntad se hará pequeña…no quedarán más que desiertas”.
Una y otra vez… las canciones para sacudirnos la miseria de estar soterrados y la riqueza de estar vivos.
Porque lo que es pesado y fastidioso es que nosotros cargamos al virus, lo alimentamos, lo transportamos y lo odiamos, es un todo como si fuera una relación tóxica, un amor-odio oxigenado y a punto. Otra cosa es el discurso oficial ahí existe otra relación, una relación de cosa juzgada, un tris y todo con su sana distancia con el gesto adusto. O sea un efecto impeditivo que lo mismo abre fosas de panteones, que deposita a los enfermos en la corteza del sufrir, esperando el silencio para contestar la pregunta ¿No oyes ladrar al COVID-19?
Los contemporáneos cultos no pueden escapar del sentimiento de que algo muy diferente está ocurriendo. Y los  que nombran las eras, o dan nombre a los años se ofuscaran con la tentación de llamarle  año uno a partir del primero de enero próximo. No sabemos si la redención, en cualquiera de sus manifestaciones haga olvidar lo sucedido, lo más seguro es que no. No pasará aquello de ese virus se quitan con limones, o con cualquier otro depurativo, agua de Jamaica, de coco o de tamarindo. Nadie sabe. Porque más bien somos aficionados a predecir las consecuencias, aunque repetidamente fallemos en eso.
Por ello amanecemos con aumentar el empeño en vindicarnos. Por ello hay días que todo transcurre en un complot de optimismo. Y la siguiente mañana todo se desvanece, no dormí bien, la comida fue muy pesada y de difícil digestión, los alimentos ingeridos no fueron los adecuados. Hasta que te ofrendas y dices esto es improrrogable. Por ello es muy sano abogar por el regocijo. Sobre todo por el temor a lo frenético, a lo que los paisajes inéditos y no revelados nos anuncian los tiempos por venir. No podemos decir tiempos modernos, porque estaremos ocupados en quitar las sombras del presente.

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