El mar siempre el mar
Hasta hoy, siempre hablaremos de hoy, esa es
una condena impuesta por este bicho maligno, que tanta y tanta mala vibra ha escurrido y amenaza seguir produciendo.
No es un retajilar de hablar de lo inmediato, pues
despiertas y de inmediato aceptas que no
se ha ido, que hay que aprender a convivir con él, le duela a quien le duela,
le pese a quien le pese.
Sé cómo estamos tomando esto los
viejos, los de mi generación, los que nacimos en los cincuentas. Pero los
jóvenes a los que el virus les cambia moda, gustos y les aplaza sus deseos.
Jóvenes a los que los eventos le son
esenciales, dejan hasta un mes de sueldo por asistir a un concierto de alguno
de sus artistas favoritos. Y pensar que el coronavirus ya ha cancelado más
eventos que Hitler. Ilusiones van ilusiones vienen.
Mientras el atole se echaba a perder, el tiempo
se detuvo. Los grumos en el atole sólo detienen la amenaza para ir a comprar
comestibles al supermercado o hacer pagos. Si se aguada el atole es por el
calor, si se echa a perder es culpa del coronavirus y sus mil tretas, sus distintas
facetas las cuales somos incapaces de pronosticar. Presagiar que se aguade la
masa es tarea de los más escépticos.
Y como el atole nos trajo sus enseñanzas, hoy
día primero se compra la cubeta para ordeñar la vaca y después ya veremos cómo
comprar la vaca, porque en el futuro tomaremos el atole con leche.
O sea vamos rumbo a caminos desconocidos pero
seguros, por ello el mar es nuestra mejor alternativa. Todos los océanos ofrecen
terrenos poco accesibles, con lo que el virus, al fin, encontraría una barrera abisal.
Que tan infranqueable sería ese contenedor, nos tenemos que arriesgar para
saberlo.

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