revistaTintaGdl.blogspot.com
COVID-19
Hace tres días que no fumo.
Se me acabo el tabaco.
Me tocó ya yo ser admitido en mi trabajo a partir del 19 de marzo. Por ser
mayor de edad. Todo bien dije, salí y regresé a casa. Preocupado por mi familia,
hasta ese momento desconocía el virus, no sabía a qué nos íbamos a enfrentar y
jamás pude imaginar que tipo de enemigo era ese virus.
Estuve en evidencia por días, sordo, distraído, a ratos pensativo y con
sueño errático. Digo yo que nos pasó a todos. Recuerdo que con el primer amigo
que platiqué me dijo: “Ojalá esto se acabe pronto y podamos festejar el día de
tu cumpleaños”. Y entonces me cayó el veinte de lo que estaba pasado. El tiempo
se agotaba, la palabra clave era indiferencia para muchos y para los más una
advertencia de que no fuéramos indiferentes, cuídate para que cuides a los
demás y los demás te cuiden.
Son momentos en los que ves lo que ocurre a tu alrededor y casi nada te
gusta, jornadas nubladas de poca luz espiritual, social, económica y de semanas
en que la jerarquía mental que tanto presumías se devalúa porque se devalúa.
Lo deleznable son casi todos los
medios electrónicos patrocinados por la
derecha conservadora, que arremete con fuerza a fin de desestabilizar al
régimen. Y esta clase social es peor que la pandemia, solo miran lo económico y
si va a haber modo de hacer negocio con la enfermedad e incluso con la muerte.
Lo que más le urge a México son nuevos empresarios, no más humanos ni más
justos, sino empresarios que no crean, como afirman estos, que son los dueños de vidas y haciendas.
Prensa y medios se perdieron hace rato, ellos quieren muertos o escenas
inhumanas de gente que muera de la manera más atroz y les permita grabar, su
afán no es informativo, su consigna es culpar al régimen de todo lo que tenga
asomo de que actúa mal y a destiempo. La historia ya les tiene un lugar a todos
esos periodistas procaces a quienes la
gente, el vulgo denomina “chayoteros”.
Creo que eso provocó que mi sueño se alterara varias noches y que me
avocara a tomar mi té relajante muscular y nervioso antes de acostarme. Desde
hace tiempo sospechaba yo que en mi ancianidad no iba a padecer retardo en
dormirme, pero ahora me queda claro, la literatura es y será el mejor bálsamo
contra el insomnio. Las peores madrugadas las pase con los ojos bien abiertos
muchas horas, en cuanto fingía dormir o espantar elfos , gnomos y duendes.
Venía el platillo fuerte y aparecían como en las cruzadas, ejércitos de
personajes, comandados claro por Ricardo Corazón de León y esas legiones
provocaban miles de aventuras con argumentos patentados por el Rey Mocho.
Entonces daba rienda suelta al rollo y la película duraba eternidades pero
entre más avanzaba el libreto más relajado me sentía hasta que el cansancio, la
rapidez de las escenas y los colores penetrantes vencían mi vista y cerraba los
ojos. Cuando despertaba saboreaba la duermevela y llegué muchas veces a desear
que ojalá volviera la falta de sueño. Para mi enfado eso pasó más rápido que
pronto. Y cuando quiero tomar por los cuernos la realidad, me doy cuenta que es
espantosa, pero también hago consciencia de que nosotros los pobres terrícolas
nos propasamos con nuestro planeta y que este encierro ojalá contribuya a desintoxicarlo
un poco y resarcirle los daños que hemos causado, eso sería si nosotros como
los griegos buscáramos la justicia con el fin de llegar a la verdad. Y
Si como Pitágoras usáramos la geometría con el fin de armonizar el pensamiento
griego, pues pronto estaríamos en otro mundo. En otro momento estelar del
pensamiento y del estudio fecundo.
Me tocó ya yo ser admitido en mi trabajo a partir del 19 de marzo. Por ser mayor de eda
Estuve a punto de escribir un letrero: “Prohibido mirar noticieros por televisión, sólo contribuyen a que te deprimas, además de propiciar culto a la mentira, o a la noticia con fuertes intereses como patrocinadores”.
El qué y el cómo a la inmensa mayoría todavía no nos queda claro después de 39 días, inferir cómo salir de esto es muy desgastante y costoso. Pues cualquier mal comportamiento te puede llevar a pensamientos autodestructivos y sumirte en enfermedades mentales o atrofias irreversibles. Hambre y pensamientos de que valemos muy poco son insuperables. Nuestros deseos agonizan, son impropios.
A todos nos ha deshidratado el pensamiento de lo poco que somos para la naturaleza. El karma ya llegó a su punto de relente, la mirada se centra en los laboratorios, en las vacunas y nos llega la decepción y pensamos que nuestra ciencia está en pañales, que nuestro prójimo debería ser científico, que nuestro alrededor es un peligro y la creencia antigua del sacrificio toma más vida que nunca. Aunque personalmente creo que ya sacrificamos más de la cuenta y de que nuestra penitencia apenas inicia. Pero como con las comidas malas, nadie quiere más.
Nos basta desear. Algunos no quieren pan sino salir de atolladero. Desear en inútil. Ahora si que todo lo sólido se desvanece en el aire. La mirada se estacionó en el presente continuo en el que se nos obliga a vivir, quédate en casa, antes de que pares en un hospital con tubos para que puedas respirar.
A que esfuerzos nos someterá este maldito virus, nadie lo sabe. Las caras de la gente cuando habla de síntomas y enfermedad son de incertidumbre, hay un contagio de pensamiento soterrado, encargado de que lo oculto melle tu entusiasmo, de que tu ánimo vaya contracorriente como nunca. Ese daño psicológico a mucha gente débil lo acompañará siempre. Lo desanimará y en muy probable que lo proyecte a situaciones inverosímiles.
Por ello los políticos nos hablan de que los graneros están llenos, para que la gente no tenga la amenaza de la hambruna, porque la pobreza vendrá porque vendrá, millones de gentes seremos más pobres. Iremos todos en un río revuelto sin charanga ni pandereta, pero con restos de enfermedad, de mugre y malos olores. A mis pensamientos acerbos tengo que agregar tragos amargos de abandono de las musas. De por sí soy escéptico por mi naturaleza lectora, con esto sólo intentaré que califiquen mi expediente para ser admitido en el club de amargados o ser , con mucha suspicacia anotado en la lista de agnósticos. El qué, después de tantos amaneceres con pandemia lo tenemos cada instante más diáfano, lo que nos sigue obligando a la oblación, quieras o no. La privación tiene como fin aniquilarnos, malbaratar nuestros derechos elementales, perder nuestro poder ciudadano, ya no podemos aspirar a empoderarnos solo nos queda obedecer a un infectólogo o a un político pendejo que cree haber cursado estudios superiores de infectología.
La parte triste son las profecías , lo cabalístico en este 20-20 apocalíptico , los augurios están en nuestra contra, de repente nos sentimos solos, desamparados, a muchos de nosotros confiar ciegamente en lo religioso no nos ajusta, nos rebasa fácilmente. Nuestra ceguera es ancestral, hemos estado obligados a pensar que vivimos en el siglo de los avances, de la ciencia, de lo que nos conviene a todos, de los aparatos que facilitan nuestra vida, de los eventos grandiosos, de aportes a la moda y a nuestra calidad de vida. Pero con este parón nos damos cuenta que no es cierto, que nuestra vulnerabilidad es lo de hoy, lo que nos contraria, lo que nos persigue como si fuéramos una especie de criminales, sacrílegos, antipensantes.
Una predicción nos ha dejado atónitos, con carencia de pensamientos racionales, que nos lleven a consensos amplios, menos catastróficos. Hay muchos que disparan su preferencias a distintas distracciones que se ofrecen como material apetecible para salir del confinamientos. Pero las palabras nuevas, los emblemas y los comerciales se niegan a incluirlas como palabras normales y ahí estamos, en ese estira y afloja que el lenguaje rebuscado nos ofrece cada día. Y todo porque no podemos compararnos con nadie.
Lo que sobresalen en la avanzada son las culturas que al llegar a casa se quitan los zapatos y correr al lavabo a lavarse y las manos. Agua y jabón, pero nos cuesta tanto trabajo entender que el H2O y la legía podrían alejarnos de un contagio que ya uno ni sabe.
Que muchos pronto empezaran a confundir el negro con el blanco porque la charlatanería dice compra este cubrebocas y otro, una careta de calidad es lo que más te protege y otros te regalan un tapabocas, simbólico o no, es lo que hay. Pero el asunto interesante sería saber si todos vamos a participar en el Apocalipsis, si se nos permitirá opinar, obvio que si no vimos el principio del mundo estaríamos interesados en ver el final, al menos yo sí.
Esto nos conduce a darnos cuenta que las jaulas de oro sólo son adornos para canciones folclóricas. Para mercachifles y anunciantes de panaceas oblongas, pero cuyo efecto equivalen a una comida sin sal, a carne sin vino tinto, a hojuelas sin miel. O sea la publicidad también está en entredicho y mira quien la vino a poner en evidencia. Para que quieres comprar un coche si no te dejan salir, para que llenas el tanque de gasolina si no lo vas a usar. Y así le sigues hasta el aniquilamiento total. Hasta que seas enterrado en una fosa común sin que te despidan. Eso es lo que tiene a la publicidad sumida en su peor crisis. El futuro incierto se nubla, se obscurece, da rastros de intención de no dañar más a nadie y provoca que unos y otros dejen de interactuar para reanimar el consumo.
Es el Apocalipsis parte esencial de la publicidad del futuro. Porque está pandemia ya nos demostró que no somos tan competitivos, si usas Nike u otra marca famosa igual estas expuesto, tus debilidades son las mismas que todos, tu organismo no está inmune por usar atuendos caros. Un gen desbocado a cimbrado a toda la humanidad. Nos tiene en jaque. Tu antigua pregunta sin importancia nadie la escucha por la magnitud de lo que enfrentamos. Qué somos ante eso. Si algo nos ha enseñado esta pandemia es que tu debes ser tu propio guía. La desconfianza la llevamos en la médula de los huesos. Nuestra sangre está encendida desde hace cuarenta días. Todo los que se nos aproxime tiene la sospecha de ser un germen extraño, de ser esa bacteria que nos deposite al límite, a la agonía. Y entonces el apocalipsis ya no es algo extraño y el estasis cada vez más se desvanece. Por ello para muchos la amenaza del agente patógeno nubla el futuro, ya tenemos ese sentimiento de que no avanzamos, lo realmente significa un retroceso. Estamos tentados a pensar que el Apocalipsis empezará cuando espiemos nuestras culpas. Pero nuestra sociedad se empeña en culpar a los demás y sus truenos van dirigidos principalmente al gobierno. Se nos olvida que nosotros “elegimos” ese gobierno al que ahora desconocemos y en quien desconfiamos. Y otra vez para atrás, otra vez a formarnos en la cola de las oportunidades. En que alguién diga, cancelamos la amenaza de Apocalipsis, pasen a registrarse para que les otorguen un carnet para que puedan circular por ciertos lugares y a ciertas horas. Y que los dueños de todo, otra vez, cuando te den tu cheque , parte de ese salario les corresponda. O sea lo subliminal jamás abolirá el acaso.
Por eso la pregunta de qué haremos cuando termine esto, no tiene sentido. Más bien hay que pensar, que si nos siguen afectando qué es lo que después nos obligarán a hacer. A que otro sacrificio nos someterán, que al fin y al cabo ya parecemos mansos corderitos sin dueño.
La novedad no se puede publicar, mientras seamos disfuncionales para reencontrar el camino a la normalidad, la enfermedad la llevaremos tatuada, y nos convertirán en sufridos, convalecientes permanentes. ¿Y la vacuna? Nos haría dejar de pensar en la acción patógena. ¿Y mejoraremos nuestro sistema sanitario? Aunque la verdad la gente está cansada. Y como todos estamos bajo el yugo de la incertidumbre. Y generamos el metalenguaje prodigioso, es decir palabras que saturan la palestra, encierro, respiradores, brote, patógeno, asintomático, pruebas rápidas, contagio, distancia social, máscara, gel antibacterial, cubrebocas, gen y toda una terminología que ni entendemos por ser parte del lenguaje científico.
Relegación o destierro, todos bajo vigilancia, obligados a vivir en la estrechez, en un área irracional, conforme a un estándar. Yo sólo miro una pared que hay enfrente y a la espalda un cerro sin vegetación a 1700 pasos. Procuro no mirar a los lados ponqué entonces tendré la sensación de estar en la cárcel. Por lo que la clausura del paisaje resulta radical, por irrecomendable en lo emocional, y porque tu jurisdicción sanitaria se pulsa sin adecuaciones, poner un cordón en la alberca no es suficiente. Lo primero que piensas es que el arquitecto que diseñó la casa era de pensamiento muy limitado o que vivir en un coto ofrece pobres resultados.
Una desgracia es que hemos vuelto a los tiempos del amor de lejos. A tomar distancia que para eso lo practicabas diario en la escuela. A los vecinos les hemos quitado el habla, la reducción tan drástica, omite toda situación comunicativa. Sólo se permiten tres palabras entre hablante y receptor.
-Cómo estás?
-Bien.
Bye. (el cual nunca pronuncias, sólo lo piensas)
O una infrecuente conversación amplia, cuando el vecino sale al balcón y el diálogo se desarrolla a cuatro metros de distancia o más. O sea la amistad convertida en una caries. La lengua plegada o pegada, el oído solo capta la inmediatez, apetecemos salir a recobrar la visión periférica tan atrofiada, los ojos cada vez se reducen su ángulo, la mirada ahorradora busca una patente. Imposible divisar si ya venden pitayas, o si los primeros mangos de la temporada están dulces.
Por eso es que la canícula 2020 se aproxima como sombra amenazante y los amplios argumentos para disfrutar lo que la naturaleza nos obsequia, si no hay comunicación, porque cuando sales de casa una vez al día no te encuentras con nadie y eso hace que añores más a los amigos, a los hermanos, a los compadres. Extrañas todo ese mundillo que te distingue, te arropa, te busca y los buscas, como los amigos del café, por ejemplo. Y si el habla se contrajo tanto a grados que nunca ni pensaste, como programar una reunión o protesta en contra de las disposiciones y de las reglas elementales de no contagio.
La vida pública se desdibuja, su horizonte es como un esfumato. En momentos que lo efímero quiere permanecer como circunstancial. Y que lo absurdo intenta día a día una plena e incuestionable legitimidad. Cuantas enseñanzas y cuanto efluvios artísticos nos visitan y que los modelos parecen rebasados, inciertos como sombras en esta cortedad, en esta cuaresma interminable. Ayunos estamos de elementales satisfactores, de esos que son gratis, como cuando te encuentras o te cruzas con una persona desconocida y al mirarla te sonríe.
Lo que me pasa a mi nos pasa a todos, pero la mayoría tenemos los sistemas inmunes deñados por alimentarnos esencialmente con chatarra, por no escuchar a nuestro organismo y por desdeñar a los nutriólogos. La verdadera crisis encalla en la forma de gastar de más doctores, por no invertir en nuestra salud. El tiempo en el timón sin viento y sin rumbo. Con poco sol, mi piel ha comenzado a ser menos prieta. Y esa parte del atroz clima, con aire tinte enrarecido, que achatan nuestra fe, y convidan a que optemos por el no salgas, lávate las manos, báñate, limpia todo, lava las llaves del auto, limpia la cerradura de la casa, ponte guantes, no te quites el cubrebocas, rocía con cloro la suela de tus zapatos, quítate la ropa al entrar a casa, cámbiate los zapatos, esto ya parece una letanía. Y chingadera y media más. Y entonces si te entra la duda y cuestionas en voz alta ¡qué tan cabrón es ese virus!
A veces quedarte en casa no conduce a una inmunidad de las afecciones. A nadie nos gustan las estrecheces, ni forzadas ni aceptadas. Y mi parte íntima, o lo que entiendo por intimidad podría titularse el largo mes de abril y su prolongado aburrimiento. Solo la luz primaveral actúa a nuestro favor. Porque tan luego anochece y el viaje alrededor de mi cuarto pasa a ser la universidad del aburrimiento. Y es cuando entiendes que la neta, te supera, te rebasa, te obsede. Porque el aburrimiento mata. Yo he escuchado a mucha gente decir estoy muerta de aburrimiento.
Lo primero que me viene a la memoria es La guerra de treinta años. Nada tiene interés de lo que miras a tu alrededor. Y te rehúsas a seguir un tratamiento, a lo más que llegas es a tomar un té relajante, sólo algunos pocos gozan al compartir su encerrona con alguién que le de un ligero masaje. Los sentimientos subyacentes afloran inoportunamente, interfieren a la luz, a la felicidad que podría ser el amanecer, el canto matutino del pájaro, que para ti simboliza el estar vivo. Porque la vida no es tan gelatinosa, ni tan endeble como una reclusión te hace pensar en lo feble, en lo falto de circunstancia o motivo.
9
Pero es curioso que cuando estoy despierto y recostado mirando el muro, o como diría Moustaki: Les quatre murs pienso siempre en la plasticidad y maleabilidad del cerebro, como algo viviente, único, que te puede sacar de cualquier apuro, aunque las preocupaciones tengan otro método de resolución. Creo que por eso muchos cuando están en su cuarto encienden la luz artificial. Porque para luchar con el aburrimiento se necesita ayuda. Pues el simple viaje de los alrededores de tu cuarto puede ser sencillo o interminable, pero hay veces que nada de lo que hay te atrae o es interesante, y reniegas de embotarte. Jamás la puerta del desenfado permanece abierta, se necesita de trabajo mental para abrirla y salir y gritar a todo pulmón ya me enfade.
Si pagaste un alto precio por salir de enfado total, cuando lo traspases, nadie te va a aplaudir, porque si no sabías para vencer la abulia que provocan los cuatro muros no hay consejo que valga, ni pastillita de me vale madre ni nada, te tienes que desaburrir con tus medios, trucos y tretas propias, con creatividad , con energía positiva, algo muy parecido a lo que te recetan en el diván de tu analista. O imaginas ver al amanecer un colibrí que ensaya y sugiere colores y caminos para colorear el planeta con trinos y nubes de amponas.
En fin, cada uno luchamos contra el aburrimiento y cada uno se da sus mañas para salir de él. Pero creo sinceramente que jamás lograremos vencerlo. Y si lo dominan, pasen la receta.
Lo ideal sería que todos heredáramos una biblioteca con afinidad. Dice Jung que la biblioteca representa el seno materno, o sea un refugio de primera clase para estos momentos que nos decidimos por interrumpir este embarazoso asuntito. Pero como de el seno es lo que sentimos y queremos, la contingencia nos arroja, nos expulsa y pasamos a ser reprimidos, quédate en casa, haz esto, haz lo otro. Comete estos sobrantes porque lo que te apetecía ya se acabó. Y cómo desligarnos de nuestras afinidades inmediatas, de las culpas ya las echaremos en un aparte y a la espera de. Y si, sí soy un atolondrado porque así me quieren tener los poderosos, los que mandan, los que nos explotan, los que saben que queremos y nos lo venden envuelto como caramelo. Ya no busques querellas, indaga como
liberarte, necesito un sermón como el de la montaña para ir poco a poco empoderándome. Ya estuvo de miserias, de emparedado no tengo ni la cal ni la arena. Pero luego aparece la otra voz, sin que la llamen, porque ha estado y estará presente en nuestros días: estamos frente a un virus con una sensación de vacío e impotencia.
Y eso para ti que vociferas, que eructas y sueltas blasfemias a más no poder. Y los dicterios poco ayudan a desarmar este tinglado, desde el día que sentimos que estábamos en la inmersión, supimos que el núcleo de esta pandemia todavía esta perdido. Pinches ideas condicionantes que atosigan una y otra vez, como si ellas nos convirtieran en esas piedritas que se van rondando hasta el fondo de la barranca, por eso odio y desprecio esta tragedia en la que nos hicieron empeñar la vida como apuesta.
Cómo es posible que nuestro gran y potente universo de genes no encuentre uno contra el COVID-19 y que nuestra inmunidad quede entre la espada y la pared. Y como es que los temidos patógenos se aprovechen del desequilibrio de nuestros genes, será cierto que el uso reiterado de las penicilinas nos han restado inmunidad, que nuestro organismo ha mermado por el uso reiterado de antibióticos. Nosotros, a quienes nos hicieron creer que vivíamos en el otoño triunfante de la existencia, que la ciencia y sus solidas barreras nos venían ofreciendo una vejez alargada. Incluso la ciencia moderna creyó desde el siglo pasado que la naturaleza se contaba como elemento bajo su dominio. Pero nadie contaba que la cadena de causas y efectos sería fácilmente destrozada. Por ello estamos siendo interrogados durante cuarenta días y cuarenta noches. Somos puestos a prueba para ver si somos capaces de “restablecer así las conexiones de la naturaleza. Se obtiene entonces la experiencia superior, el objeto verdadero para que el sujeto, que lo conoce, se conecte siempre de modo esencial”(*)
Axiomas y principios están en evidencia, como ese de que conocer algo significa remontarse a sus causas. En qué parte del mundo la intuición científica dará el paso gigantesco que todos anhelamos. Este virus será un acelerador para la ciencia y modificará profundamente las condiciones culturales, sociales de la vida moderna implementando propulsores relevantes. Porque el juicio formulado desde el plano teórico abarcará todas las consecuencias de este giro.
Lo cierto es que no tenemos un punto de certeza, solo malas experiencias y algunos datos, lo que tenemos es un virus sobre nuestros puntos, los del cuerpo y los de la medicina preventiva. Y se están formando dos bandos, los que a todo le ven el lado favorable, y los que solo tienen ojos para lo desfavorable y son presa de sus residuos de pesimismo.
Si al fin de este paseo en el Arca de Noé nos iluminamos con la chispa ecológica y decidimos restablecer los daños a la naturaleza y comenzamos a comportarnos de manera más pertinente, sin descuidar el no hacer más daño. O nos centramos en la infección y acatamos la obligación de repetir y repetir experimentos en busca de una vacuna, antibiótico y otros medicamentos.
Pinches políticos vivales, parece que tomaron un curso de infectología en una academia patito y ya se creen doctorados y con especialidad en esquilmos al presupuesto, a todos nos caga que sean los que tienen la potestad, con lo que les interesa la salud del pueblo.
(Continuará)
(*) Giorgio Colli Juan Enrique Rodríguez B.
No hay comentarios:
Publicar un comentario